Martín Caparrós, a 08/11/2018

“El nacionalismo, cuando es coherente, es de derecha: la noción de nación implica el privilegio de los que pertenecen a ella y la exclusión de los que no. Y esa es la base de cualquier idea posible de derecha: que hay unos que sí y otros que no.

Aunque están, por supuesto, esos nacionalismos que se pretenden “de izquierda” porque pelean contra supuestos poderes “foráneos”. En la práctica, más allá de discursos, terminan acordando en que lo malo no es que te exploten sino que te exploten extranjeros, y aceptan con cierta amabilidad patriótica a los explotadores y patrones locales: prefieren a la clase la bandera.

Porque hay pocas cosas más fáciles de vender que una bandera y todo el sentimentalismo que con ella se despliega; lo difícil es encontrar relatos parejamente directos, eficaces, que puedan desarmarla”.

https://www.nytimes.com/es/2018/12/05/vox-espana/?rref=collection%2Fsectioncollection%2Fnyt-es&action=click&contentCollection=martin-caparros&region=stream&module=stream_unit&version=latest&contentPlacement=5&pgtype=undefined

Firmeza

Los frondosos bosques que recubrían la piel tersa de la montaña dejaron de ser frecuentados por el pueblo de la llanura. Tiempo ha, un monstruo se había adueñado de su fauna y flora provocando la miseria de unas gentes que debían su vida a los frutos allí recogidos, a la madera allí cercenada y a la caza de los mamíferos que ahora habían sido ya despedazados. Los habitantes vivían maltrechos y azotados por diversos dolores debido a la falta de sueño que el pánico al monstruo les infundía.

Contaban las mujeres de más avanzada edad, quienes determinaban la sabiduría de cada familia y se reunían en un Consejo de Ancianas para proponer soluciones a los avatares que afligían a su pueblo, que el monstruo había llegado de tierras lejanas de las que nada se conocía. Había aprovechado la oscuridad de la noche para adentrarse entre el poblado y ascender hacia la montaña. Nadie lo había visto, salvo una mujer que pensaba haber vislumbrado un cuerpo oscuro de gran tamaño y vigorosos brazos que se impulsaba a gran velocidad por la ladera. Hubo quien no la creyó y se adentró en los bosques en los días siguientes. No regresaron nunca.

El Consejo de Ancianas procuraba soluciones e intentaba formar grupos de exploradores a los que armar para internarse en los bosques y entablar batalla con lo que sea que habitara el terreno. Pero visto lo que había sucedido con los anteriores mártires, los voluntarios escaseaban. Sin embargo, de la nada salió una joven mujer que, ataviada con una espada de hoja curva y coraza de hierro, se ofreció para desempeñar la misión. Fuerte y avispada, no se amedrentó cuando las Ancianas le dijeron que no habían encontrado a nadie que la acompañara.

A la mañana siguiente, puso rumbo a la cima de la montaña entre los vítores ensordecedores de sus vecinos. Cuando ya los había perdido de vista, un muchacho con una espada de hoja fina y un casco achatado se unió a ella. Con un hilo de voz entumecido por el miedo y la inseguridad dijo querer acompañarla y ésta accedió.

Ascendieron juntos, con sigilo y analizando el más mínimo recoveco. No había destrozos, no se encontraron árboles arrancados ni esqueletos de jabalíes. El bosque semejaba intacto y no parecía haber rastro de ningún monstruo. Sería la joven la primera en verlo, agazapado en el hueco que dejaban entre sí dos rocas de un saliente vertical. El monstruo parecía dormido. Era realmente grande, con cuatro pares de brazos de un negro azabache que llamaban la atención entre el gris claro de las rocas. Una multitud de ojos que parecían mirar en todas direcciones inundaban su rostro. La joven, con un pequeño codazo, le hizo saber al muchacho de la presencia del monstruo. Éste se vio asustado ante la impresión que le provocó e insistió mucho en abandonar la misión e ir a contarle lo ocurrido al Consejo de Ancianas, para que actuasen en consecuencia. Ella se negó a rajatabla, pese a que también estaba impresionada.

Le indicó al muchacho la estrategia a seguir. Muy sencillo: cada uno por un flanco y cuando estuvieran a una distancia prudencial, lanzar sus espadas contra los numerosos brazos del monstruo para inmovilizarlo. Así lo hicieron. Pero cuando ambos estaban ya a la distancia acordada las dudas se apoderaron de ellos y la indecisión afloró. Se quedaron quietos, plantados, con las espadas sujetas a media altura dispuestas a batirse en duelo, pero algo les impedía hacerlo. Ninguno era capaz de dar una señal al otro para comenzar la escabechina. La visión del monstruo a una distancia tan corta era amedrentadora: su agresividad se dejaba entrever en sus afiladas facciones.

Contra todo pronóstico, fue el muchacho quien se decidió a dar la señal, sorprendiendo a la joven. Y se lanzaron sobre el monstruo esgrimiendo sus espadas y lanzando mandobles contra sus brazos. Éste despertó de su letargo e intentó zafarse del conflicto huyendo. Pero era demasiado tarde. Varios de sus brazos habían sido ya desmembrados por el filo de las espadas y cuando se disponía a huir, tropezó y cayó rodando cuesta abajo. Los jóvenes, motivados por esta leve ventaja, fueron corriendo tras él y se lo encontraron inmóvil, desnortado, en un espacio inculto. Allí retornaron con todas sus fuerzas a impulsar sus armas contra el monstruo hasta que el último escobazo dejó muerta a la araña, empequeñecida y encogida sobre sí. Entre escobazo y escobazo, la araña había caído del pliego de la manta en la que se encontraba escondida sobre la cama hasta el suelo, donde fue abatida por un golpe de escoba definitivo.

Los dos jóvenes se miraron victoriosos y chocaron las cinco, conscientes del éxito de su hazaña. La hermana del joven, desterrada de su habitación desde hacía varios días por su aracnofobia, podría volver a descansar sobre la comodidad de un colchón, mientras el cadáver de una araña monstruosa descansaría en la baja llanura.

Juegos de manos, guerras de falanges

Las leves ondulaciones, el complejo entramado venoso que se expande hacia todos sus recovecos como si se tratase de una instalación eléctrica cuyos cables salen de una caja central, raíz de todo, el corazón. Esas venas que recorren ávidas de sangre la parte superior de su mano formando hermosos riachuelos que atraviesan los valles surgidos entre sus nudillos. Aquellos valles por los que deslizo los dedos admirando la suavidad que desprende su fina piel, esa sedosa hierba que cubre las praderas.

Me recreo desplazando mis dedos sobre los suyos mientras éstos responden al estímulo de una forma inconsciente, pegando un respingo que hace saltar sus tendones e intentan buscar cobijo entre los míos. En otras ocasiones se rebelan con firmeza y luchan por aprisionar mi mano en la suya haciendo gala de un instinto fiero. Juegos de manos, guerras de falanges. Imposible soportar la tentación de elevarla y exponerla ante mis labios, absorber el esmalte ya gastado de sus uñas, color granate esta vez, entre besos necesitados.

Ella mientras, dormida junto a mí, responde con espasmos ajenos a ella misma, convulsiones inconscientes, y, de vez en cuando, abriendo los ojos que dejan ver su tonalidad hoy grisácea mirándome sorprendidos, pero sin verme, durante unos segundos antes de cerrarse y rendirse de nuevo al sueño.

Nada comparable al placer de observarla en su letargo, analizar su respiración, estudiar su anatomía, adivinar sus sueños. Ese momento en que se hace realidad la anhelada búsqueda del poeta y el tiempo se muere. Nada avanza. Sólo mi mano acariciando su sien tras recoger su pelo y deslizándose hacia sus mejillas mientras un leve escalofrío recorre mi cuerpo y el corazón aumenta una marcha. Atrapo sus cejas y las perfilo mientras veo que detrás de sus párpados se estremecen los ojos ante las diapositivas distorsionadas que fabrica su cerebro. Al mismo tiempo, yo, guardo para siempre una única imagen: la suya.

Cartones encharcados

Retumba la lluvia contra las ventanas del tejado con un sonido hueco; se oye el tintineo del agua corriendo dentro de los canalones de cobre; estallan las vigas de madera, tiritando de frío. Yo, aquí, tumbado sobre el sofá como en un ataúd de tela, en la madrugada, mirando el techo como si fuera capaz de atravesarlo para ver la luna que esconden los nubarrones. Ido, completamente ido, sin emociones, sin sensaciones, sin entender el sentido de todo lo que me rodea. Cierro los ojos y dejo que me abrace la oscuridad, con ese montón de manos negras informes que ella tiene; las manos de aquéllos que murieron sin saber de qué. Aquéllos que abandonaron el mundo voluntariamente sin ellos ser conscientes, consumiéndose hacia sí, obstinándose con tanta firmeza en avanzar hacia su interior que terminaron por perder todo contacto con la realidad y se evaporaron en una bola de humo negro. Ellos me abrazan y en ellos me encierro. En la oscuridad oigo ese choque de la lluvia contra el vidrio y sé que son sus manos intentando atravesarlo.

Y por momentos me gustaría abrir la ventana. Esa ventana. Y subir flotando horizontal, sobre el tejado de la casa, a dos metros sobre las tejas; y bañarme en esa lluvia que escupe el cielo, empaparme en su frío y moquear toda la basura que se esconde bajo mi cráneo. Y hay gente que deambula bajo esa lluvia, que sobrevive en ella, que duerme en cartones encharcados: y lo soporta. Y yo, aquí en mi sofá, en manga corta y calzoncillos, no aguanto el peso de cada instante. Sólo quiero hundirme en ese mar de lluvia porque es ahí donde se debe esconder la Vida. Entre esa infinidad de gotas de lluvia está ella, esa gota gorda que te envuelve. Al fin y al cabo, la Vida es fría y húmeda.